Perdidos en Tokyo

18 Ene

Siempre tuve la espinita de conocer ese lugar, tan lejano ante mis ojos y tan cerca como la imaginación lo permitía. En la escuela, cuando tenía que representar un país, no lo pensaba ni dos segundos, mi respuesta siempre era la misma: Japón. No dejaba pasar oportunidad para lucir el kimono que mi papá me había traído de su último viaje, e inspirada en aquel país, hasta había elegido el nombre de la hija que un día esperaba tener, “Aiko, se llamará Aiko”.

A los 15 años tuve lo que se podría llamar la primera oportunidad para viajar a esos lares, pero mi indecisión no permitió que se concretara el plan, por lo que tuve que seguir esperando, y fue en noviembre de 2009 cuando mi sueño se hizo realidad al lado de mis hermanos, mi papá y un intruso en la familia. Doliéndonos dejar a mi mamá, emprendimos el viaje difícil de describir en líneas.



Angustia, emoción, desesperación, enojo, felicidad y asombro son algunos de los adjetivos que puedo utilizar para hablar sobre dicha travesía.


Al llegar al aeropuerto, mi papá nos recordó un pequeño detalle que habíamos olvidado “bueno, Fer, Pablo y tú se van en un avión, y Edgar, Naomi y yo en otro; nos veremos en Tokyo para tomar juntos el vuelo a Nagoya, ustedes llegan una o dos horas antes que nosotros”. Hasta ese momento todo sonaba bien, no tuvimos inconveniente, al contrario, que él se llevara a mini me era un peso menos.


México – Tokyo fue nuestro primer destino. Llegamos perfecto, tomamos algunas fotografías de rigor en el aeropuerto y nuestra primera sorpresa fueron los sanitarios con música, efectos especiales para disimular los sonidos gastrointestinales y múltiples llaves para aseo personal, todo incluido en el WC.


Recorrimos las tienditas del aeropuerto y nos dirigimos a la sala de abordar para esperar a los otros tres integrantes del grupo. “Ya sé”, dije, “hay que escondernos para que se asusten cuando lleguen y crean que nos perdimos”. A lo que Fer y Pablo asintieron sin problema. Justo cuando vimos que los pasajeros de su vuelo se dirigían a la sala, nos escondimos. Pasaron 5, 10, 15, 20 minutos y la mitad de la familia Telerín no aparecía.


Comencé a sentir un ligero dolor en el estómago, pero para no asustar a los otros dos chicos, intenté tranquilizarme. Tras 40 minutos, una japonecita con un inglés lamentable anunció que el vuelo estaba a punto de despegar. Corrimos hacia el mostrador y con señas intentamos comunicarle a la señorita que estábamos perdidos en Tokyo y la mitad de nuestra familia no había llegado. Fue uno de los episodios más difíciles del viaje, pues nunca nos entendieron.


Tomamos el camión que nos llevaría hasta el avión, con la esperanza de encontrar tres rostros conocidos al abordar, pero nunca sucedió. Sin un dólar o yen en la cartera, arribamos a Nagoya. Tomamos nuestro equipaje y con lagrimita remi nos dirigimos al segundo mostrador. “Señorita, perdimos a nuestro papá y hermanos”, intentamos explicarles en inglés, pero a cambio recibíamos risas extrañas y caras de what.


Decididos a dormir en el aeropuerto y hacer una vida tipo Tom Hanks en “La Terminal”, nos quedamos parados en medio de la nada sin saber qué hacer, hasta que descubrimos una casa de cambio. ¡Bingo! “cambiaré unos pesos para sobrevivir y no morir de sed”. Ilusa, ¿pesos? ¿qué es eso?…. y de repente se escuchó una voz salvadora, era Pablo. “A ver, traigo unos dólares, hay que cambiarlos y ahorita pedimos que nos lleven a un hotel, ya mañana vemos qué onda”.


Cuando estábamos resignados a vagar por las calles sin rumbo fijo, una chica apareció con una hoja, al acercarnos, la letra nos pareció familiar.
——“Nos dejó el avión, tuvimos que tomar un tren, los veo en un rato en el Hotel X. Papá”. ——–
El cielo se iluminó y volvimos a respirar. “Perfecto, tomamos un taxi, lo pagamos con tu dinero, Pablo, y que mi papá te lo dé al rato”, comenté… pero más tardé en armar la idea que en que la señorita nos desanimara y nos dijera cuán caro era el taxi por aquellos lugares, casi 3 mil pesos nos cobrarían por llevarnos a nuestro destino, por lo que nos escribió en un papel cómo pedir tres boletos de tren y nos indicó en dónde bajarnos.


Seguimos las instrucciones al pie de la letra y nos bajamos en el número 8, tal como decía la hoja. Cansadísimos y cargando 25 kilos de equipaje, caminamos calles y calles, pues al parecer las indicaciones no habían sido tan precisas. Intentamos comunicarnos con un par de peatones que se cruzaban en nuestro camino, pero todos nos ignoraban, hasta que una estudiante universitaria apareció con un vaso de Starbucks. “Hablas inglés”, le preguntamos. “Sí, un poco, ¿qué necesitan?”, respondió. Le contamos nuestra trágica historia mientras caminamos calles y calles. Efectivamente, estábamos un poco alejadas.


De repente, apareció frente a nosotros el letrero del hotel. “Aquí damos vuelta a la derecha”, exclamó la chava, al tiempo que vimos llegar un taxi, del cual bajaron tres personitas, una más pequeña que las otras. Nunca nos había dado tanto gusto verlos como ese día. Casi llorando, corrimos a abrazarlos y a contarles nuestra aventura, y claro, mi papá se disculpó por dejarnos sin provisiones y nos ofreció llevarnos a cenar, así remedió su falta e inició la travesía familiar…

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5 comentarios to “Perdidos en Tokyo”

  1. ANDREA 18 enero, 2011 a 7:55 PM #

    jajaja, que buen texto

  2. Pablo Lopez 18 enero, 2011 a 8:22 PM #

    Y ese fue solo el primer dia de un viaje increible, me acuerdo cuando te encontraste otro dia en Nagoya a la japonesa del vasito de starbucks, cuando Fer se robaba 20 onigiris del desayuno del hotel, cuando nos subiamos al metro y apestaba a sake y cerveza, etc etc

  3. In phidelio 19 enero, 2011 a 2:47 AM #

    Admito que Japón nunca ha sido un lugar que me inspire conocer, pero sé de esas sensaciones que provocan nuestros países "favoritos".Siempre que hablas de la experiencia, se te iluminan los ojos.TE AMO

  4. Asesino De Leyendas 19 enero, 2011 a 2:38 PM #

    Pues son cosas que pasan y cuesta más olvidar cuando se da tan lejos. Cosa parecida me pasó en santiago, perdido en medio de una plaza sinsaber a donde ir y lo peor, no recordar dónde vivía mi hermana, caminé hasta las 12 de la noche (desde las 8). Lo más cercano a Japón en este momento es Tokio blues de Murakami (ya pasó after dark y espera Sputnik mi amor).Un gran saludo en la distancia

  5. M a r u 21 enero, 2011 a 3:41 PM #

    Hijoles,solo de imaginarme estar en un lugar taaan lejos y perdidos. Pero tambien k emocion no? le dio su toque de inolvidable.saludos,

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