Sin punto final

15 Abr

Lo conocí en la Carpa Geodésica, cuando tenía 15 años. Estaba formada para entrar a ver la obra que nos había dejado de tarea la profesora de literatura cuando Karla, mi amiga, llegó con él y lo presentó. Esa vez a penas cruzamos palabra.

La segunda ocasión que lo vi fue en una reunión en casa de Karla, pero ya no iba como su amigo, sino como su cuñado, pues tras varios meses, había retomado su noviazgo con Mariana. Esa tarde, hablamos un poco más, intercambiamos teléfonos y correos electrónicos, lo usual en aquella época.
Cada que había fiestas o salidas en grupo, Karla o Mariana me invitaban para que me uniera a su plan. La cita casi siempre era en casa de él, le gustaba ver a todos sus amigos, y colados como yo, reunidos en su sala.

No sé bien cómo fue, pero de repente dejé de ser la colada, me convertí en amiga de sus amigos, como Berna, y nuestras platicas y saludos por msn comenzaron a ser más frecuentes.

Cuando terminó con Mariana, ella me pidió que intentara convencerlo de que regresaran, así que decidí invitarlo a comer a mi casa. Esa fue la primera vez que lo vi hacer ese gesto acompañado por manoteos, muy de él, cuando la sopa está caliente.

Esa tarde platicamos varias horas, jugamos juegos de mesa con mis hermanos y me pidió que no tocara el tema, Mariana. Fue ahí cuando nació nuestra amistad, una amistad espontánea, especial, sincera, franca, llena de risas, burlas, pleitos, enojos, consejos, lagrimas y más. Una amistad en la que no cuidábamos las formas ni apariencias. No teníamos que fingir ni ocultarnos nada.
Poco a poco y sin darnos cuenta, nos volvimos casi inseparables. Hablar una hora diaria por teléfono se convirtió en nuestro ritual, no importaba que nos acabáramos de despedir en mi casa, siempre había algo qué contar, qué discutir o qué debatir.

La primera comida en su casa, seguida por la película “Miss Simpatía”; el viaje a San Antonio que duró una semana, de la cual nos dejamos de hablar casi dos días, a causa de un cinturón y una galleta, o mejor dicho, nuestros berrinches y necedades; un par de viajes a Querétaro, incluida la vez que saltamos en paracaídas; el 14 de febrero que pasamos juntos quejándonos de nuestra soltería o semi soltería; las clases de francés y sus respectivas historias; el viaje a Real del Monte, con todo y “boligomas”; las cervezas en “La Sazón”; la vez que tomó mi llamada en la madrugada y me escuchó llorar a moco tendido mientras le contaba que mi novio me había engañado, o cuando serví de referí entre su novia y él durante un fin en Acapulco son sólo algunos de los momentos que más recuerdo, esos que iban sumando anécdotas y fortaleciendo nuestra amistad.
Fue testigo en mi primera boda y el primero en anunciar mi divorcio, antes de que yo lo supiera, o aceptara. Me animó a salirme de mi casa, enfrentar mis miedos y vivir sola; estuvo a mi lado en todos mis cumpleaños, excepto el número 18, cuando una noche antes me visitó para explicarme que se iba de viaje y que no pudo cambiar el vuelo… y tras escuchar mis reclamos, me prometió que festejaríamos a su regreso y esperaría mi relato de la fiesta.

Me apoyó en mis locuras a pesar de estar en contra de muchas de ellas, me adoptó un 31 de diciembre para que recibiera con él y su familia Año Nuevo; estuvo conmigo la tarde que me mudé sola; me alentó a buscar a mi ahora marido después de haberlo cortado tras una discusión, y mucho más………….pero no estuvo el día de mi boda ni cuando más lo esperaba, cuando nació mi hijo, mi primer hijo.

¿Por qué? me encantaría saberlo. El orgullo o el silencio pudieron más que esos 12 años de amistad, más que todos esos momentos que he mencionado y los que sólo guardo en mi memoria o fotografías.

Un día, sin despedirnos, sin pleito de por medio, ni una razón aparente… No hubo más llamadas, más mensajes, más salidas… más amistad.

Le escribí un par de mails y no recibí respuesta… La historia que comenzamos a escribir, quedó en puntos suspensivos desde septiembre de 2010…

Dice Luis, y creo que tiene razón, que los principales problemas son por falta de comunicación, por no expresar lo que queremos o sentimos. Ahora, en el mundo 2.0, lo resumiría en falta de llamadas o conversación frente a frente…

Así, como ésta, muchas amistades y relaciones terminan, sin punto final y, a veces, sólo a veces, con muchas letras de por medio o palabras ahogadas.

Nunca tan necesario como en esta época decir un te quiero, un te amo, un discúlpame. Nunca tan necesaria la relación frente a frente, cara a cara. Y siempre importante aprender a usar los signos de puntuación, en una hoja de papel y en la vida diaria.

Puntos suspensivos no es lo mismo que punto final…

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2 comentarios to “Sin punto final”

  1. inphidelio.com 16 abril, 2012 a 9:05 AM #

    Aunque no debería serlo, la amistad a veces es tan difícil como el amor o la paternidad. Cada una conlleva ciertas "reglas" como estar al pendiente de vez en cuando, estar en las buenas y en las malas, pero en resumen "estar".Ahora bien, sin perdón y sin comprensión, no cabe la palabra "amistad". Es un must.

  2. Ethel 25 abril, 2012 a 3:11 AM #

    Huy… a mí me ha tocado estar de los dos lados. Te contaré breve el del otro lado por si en algo te ayuda. Mi amiga Lilly, cuando se hizo novia de un fulanito empezó a adquirir hábitos similares a los de su familia política que no'más no iban conmigo. Sin entrar en más detalles, te diré que el colmo fue una vez que llegó a buscarme a casa, después de como 30 llamadas perdidas e intentar abrir la ventana de mi casa para saber si yo estaba ahí. No lo pude soportar. Le dejé de hablar un buen rato hasta que se me pasó el sentimiento que traía atorado, hasta la fecha nunca le he dicho qué era lo que me tenía enojada. Y si es un amigo de verdad, todo se acomodará para que retomen la amistad. Ánimo!

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