De miedos a miedos

30 Ago

No suelo asustarme fácilmente y pocas son las cosas que ocasionan que reaccione despavoridamente, quizá ahora un poco más, desde que soy madre, pero generalmente procuro dominar mis miedos; por ello, me es muy sencillo contar con la mano las ocasiones en que prácticamente he perdido la razón a causa de un susto.

La primera vez fue cuando “Chela”, una muchacha que le ayudaba a mi mamá con las labores domésticas, nos acompañó a mi hermana, a mi amiga Jessica y a mí a la tienda. Íbamos caminando a la mitad de la calle, haciendo bromas y riendo, cuando de repente vi de reojo que se había caído. Inmediatamente volteé con la intención de burlarme, pero mi sorpresa fue grande cuando vi que se había desmayado. 
En aquel entonces tenía 8 o 9 años y nunca había visto a alguien desvanecerse. Empecé a gritar pidiendo ayuda y todos los vecinos parecían sordos. Saqué fuerzas no sé de dónde y, como cheetah, corrí lo más rápido que pude para llamar a mis papás. Fueron 5 cuadras que recorrí en menos de 3 minutos. Del resto se encargaron mis padres mientras yo recuperaba la calma.
Pero la segunda y peor que recuerdo fue en abril de 2008. En ese entonces, tras separarme de mi primer esposo, como buena “conchuda” princesa regresé a casa de mis papás, pero ¡oh sorpresa!, al abrir la puerta de “mi recámara” me encontré con juguetes en distintos tonos de rosa, una casa a escala y mi ex cama ocupada con cosas de mi papá. No sabía si la habitación se había convertido en el nuevo espacio de juegos de mini me o en el nuevo refugio del doc.
“Tú te fuiste, mija”, pronunció amablemente la Reina del Norte. No tenía mucha opción, o le pedía posada a mi hermana, Fernanda, arriesgándome al NO seguro o me instalaba cual paracaidista en la recámara de la Reina. Opté por la segunda.
Poco a poco fui ocupando los cajones del closet que mi papá había dejado vacío tras su huída repentina, al igual que su esquina de la inmensa cama, hasta que me convertí en la compañera nocturna de la Reina del Norte.
Como no tuvo mucha alternativa, aceptó, no sé si gustosa o no, pero sin quejarse, bueno, sólo a veces, cuando la despertaban los mensajes que llegaban a mi celular en la madrugada o cuando me robaba los chocolates que guardaba en su buró y los comía a escondidas bajo las sábanas o cuando quería platicarle alguna historia justo cuando estaba su programa favorito o cuando me dormía a media plática, claro, mientras ella hablába.
Era una época de terrible calor, casi como en mi tierra. Imposible dormir sin aire acondicionado, aunque despertáramos como paletas de hielo.
Una mañana, poco antes deque mi alarma sonara, escuché que la Reina se levantó, la seguí con los ojos a medio abrir hasta que llegó a la columna donde teníamos el aire, lo apagó, estiró los brazos y la perdí de vista, cayó cual tabla al piso.
En dos segundos, salté como resorte para ayudarla a pararse, no entendía lo que había pasado. Estaba a unos pasos de la cama. Es el cuadro más impactante de mi vida. Hasta hoy, no he podido borrar esa imagen de mi cabeza. Estaba tirada sobre la alfombra, con los ojos prácticamente en blanco y la boca abierta.
Un sentimiento extrañísimo me recorrío desde la cabeza hasta la punta de los dedos. Mi mamá estaba muerta. Grité como jamás en mi vida, el corazón me palpitaba a mil por hora, salí corriendo al balcón que está afuera de su recámara para llamarle a mi papá, quien subió las escaleras en menos de un segundo al escuchar el pánico que proyecto mi voz. “Papá, corre, mi mamá, no sé qué le pasó, papáaaaaaaaaaaaaaa” “Llama a una ambulancia, que vengan ya, papáaaaaaaaaaa”.
No sé cuánto tiempo pasó. Estaba pasmada, apanicada. Cuando reaccioné, mini me veía todo desde la cama, asustada por no entender, con las manitas encogidas, el cabello sobre el rostro y los ojos abiertos a más no poder; mi clon, con cara de dormido, permanecía parado cerca de la puerta, callado, asustado; Fer, con una expresión de angustia, recargada en la pared y, el doc, sentado en el piso, a su lado.
Por unos pequeños instantes imaginé qué sería de mí sin la Reina. No podía ni pensarlo, no encontraba futuro después de ella, pero, peor aún, qué sería de mis hermanos.
Estaba entre la imaginación y la realidad, pero con la mente en blanco, cuando vi que poco a poco la Reina fue abriendo los ojos sin poder pronunciar bien a bien una palabra. Estaba asustada, mareada, confundida, con un terrible dolor de cabeza por el santo azotón que había dado.
El doc pidió su maletín, la revisó, como pudo la ayudó a levantarse, le pidió que se recostara en la cama e hiciera una serie de ejercicios para valorarla y nos calmó con una breve, brevísima descripción médica, concluyendo, para variar, con que no tenía nada.
Nunca sabré qué fue loque pasó, ya que afortunadamente no hubo secuelas aparentes. Estuvo dos días en reposo, sin moverse mucho por el vértigo, pero sin otro tipo de problemas.
A partir de ese día, mis noches fueron similares a las de un velador. Al menor movimiento en la cama saltaba, si sentía que la Reina se había levantado, brincaba para alcanzarla. Tenía miedo, de qué, no sé, quizá de todo, de perderla, de que le pasara algo y de repente me quedara como muñeca arrumbada, sin dueña.
Después de ese episodio, creo que sólo la vez que Bam Bam se privó por primera vez volví a sentir ese terror de perder a alguien. Un miedo real, no el que sientes al escuchar historias de fantasmas o al ver la situación de México y el mundo en general. Un pavor que cala hasta los huesos, que hace vibrar el corazón. Vaya que hay de miedos a miedos.
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