La historia de una princesa valiente

13 May

Hace casi siete meses se cumplió el mayor de mis sueños. Ese que tenía desde que era pequeña.

Muchos de los detalles se me han olvidado con el pasar de los días y por tonta, por no haber escrito en aquel momento. Últimamente, la memoria me falla un poco, pero el corazón late más fuerte.

Recostada en la plancha del quirófano, intentaba grabar en mi memoria cada instante, pues sabía que muy probablemente esa sería la última vez que estaría en el hospital por ese motivo; sin embargo, los nervios me traicionaron.

El procedimiento tardó más de lo esperado en comenzar. El anestesiólogo no podía bloquearme, al parecer la columna desviada le dio más problemas de lo esperado y a mí, más dolor de lo debido.

Comenzaron. El tiempo transcurría y el momento de escuchar el llanto de mi bebé cada vez estaba más cerca, pero el pediatra no aparecía, lo cual nos tenía nerviosos a todos en la sala. Incluso, el anestesiólogo dijo “si es necesario, yo la recibo”. ¿Qué? la adrenalina se disparó al 100. ¿Cómo él iba a darle la bienvenida a este mundo a mi princesa?

De repente, escuché la voz conocida. El doctor había llegado y estaba todo listo para recibir a mi bebé. No sé cuánto pasó, de repente escuché el llanto más tierno de la historia. A los segundos la acercaron a mí, pero no pude verla bien, pues parecía que el médico tenía prisa, mientras yo sentía que me robaba un momento único, especial e importante. Me conformé con darle un beso y decirle que la esperé muchos años.

3.860 kilos y 51 centímetros, nuevas cifras que tenía que recordar para cuando la gente me hiciera las clásicas preguntas, pero, más importante, cuando ella me pregunte.

Después de la recuperación, me pasaron a la habitación y, mientras esperaba ansiosa, recibí la visita más importante de todas, Bam Bam. Vestía una camisa a cuadros azules, unos jeans y peinado perfecto. Ya no era un bebé, en un segundo se había convertido en el hermano mayor, un niño guapo y emocionado por conocer a la nueva integrante de la familia.

Los detalles en rosa resaltaban en el cuarto. Por fin, todo pinky. Tras un par de horas, tocaron a la puerta y mi corazón saltó. Era la enfermera que traía a mi muñeca de carne y hueso en una pequeña cuna. A través de nuestras pulseras, activaron el nuevo sistema de seguridad del hospital, y me la entregaron.

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No hay palabras para describir ese momento. Al fin tenía en mis brazos ese sueño encarnado y convertido en realidad. Mi hija, mi princesa. Se la presentamos a su hermano y al escucharlo suspiró.

Transcurrió la tarde y con el paso de las horas comenzó a surgir en mí una inquietud. Ese sexto sentido de madre que te pone alerta. Sabía que algo no estaba bien, pero no entendía qué.

Ese día no pasó el pediatra a revisarla, no sé por qué. La noche fue complicada, pues lloraba y ni mi madre ni yo entendíamos la razón. Le intenté dar de comer y no lo logramos, lo intentamos también con el biberón y fue muy complicado. “No succiona”, repetí una y mil veces. “Quizá hay que limpiarle la nariz”, sugirió mi mamá.

La enfermera se la llevó y más tarde me llamó para avisarme que le habían dado de comer por sonda, lo cual me dejó peor de angustiada.

Al día siguiente, cuando por fin apareció el médico, le externé mi preocupación y le conté lo de la sonda. “Yo no di esa indicación, no tienen por qué, ella está sana”, dijo. Después la revisó con las pruebas típicas de reflejos y me dijo “está perfecta, de verdad, es una niña sana. No te preocupes, la lactancia es cuestión de tiempo y paciencia”. Obviamente lo sabía, pero no se trataba de eso, había algo más. Insistí otras mil veces “no succiona”, pero mis palabras parecían no preocuparle.

Segunda noche igual que la primera. La niña lloraba y comía con dificultad. Al tercer día, nos dieron de alta, pero antes pasé a la clínica de lactancia del hospital. “Rocío, no lo logramos, al parecer no puede succionar bien”, le dije a la asesora. Ella también me pidió paciencia al ver que, efectivamente, no se podía pegar.

Ya en casa, emocionada por tenerla con nosotros, pero a la vez muy preocupada, le llamé al doctor. “Ya pasaron tres días y sigue sin pegarse, no acepta el biberón”. Él insistía que era cuestión de técnica y tiempo. Parecía que nadie me entendía. Las cosas no estaban bien y yo lo sabía. Estaba muy angustiada y lloraba todas las tardes encerrada en el baño, mientras le mandaba mensajes a todas las personas que, se me ocurría, podían ayudarme, hasta que casi sin poder pronunciar palabras por el llanto, le rogué a Paty, mi asesora de lactancia y de crianza, que fuera a vernos.

Estuvo con nosotros poco más de tres horas. Intentamos diferentes técnicas, distintos chupones y biberones. Efectivamente, algo no estaba bien. “Quizá es confusión entre el biberón y pecho por las tomas que le dieron en el hospital. Tienes que alimentarla 24 horas con cuchara y verás que después se pega sin problema”.

Así lo hice 24, 25, 26, 27…48 horas. “No Paty, no lo logramos”, le escribí por mensaje. Así seguí intentándolo. En el inter, le explicaba a mi princesa que estaba preocupada y triste por la situación, le pedía que pusiera de su parte para lograrlo, que sabía que podíamos. Tardaba hasta dos horas en que terminara una onza y media de leche, hasta que llegó el viernes, el día que el pediatra nos había citado para la revisión de rutina.

Llegué con cinco mamilas distintas que había comprado -flujo regular, flujo lento, chupón para niños con problemas de succión, para niños con paladar hendido-. “No, Janett, ella no tiene esos problemas, paciencia”, me repitió al tiempo que la llevaba a la camilla para explorarla. Luis permanecía callado, tampoco entendía lo que sucedía, pero me creía que algo no estaba bien. Sabía que no era yo o mi inexperiencia en la lactancia.

Unos minutos de silencio y nos dijo “necesitamos una segunda opinión, es un caso muy raro, la tiene que ver un cirujano”. En ese momento, sin decirnos nada, Luis y yo nos miramos. Yo solté en llanto, él se intentó contener. Algo no estaba bien, yo tenía razón. Imaginamos lo peor. No recuerdo todas las preguntas que Luis hizo ni las respuestas que dio el doctor, yo sólo quería saber qué tenía. “¿Está diciendo que puede ser cáncer?”, pregunté. “Puede ser, pero no pensemos en eso, el 80% de los casos son benignos, esperamos al diagnóstico del cirujano, quien, por cierto, es el mejor”.

Ese día era la comida de médicos del hospital, por su día. Le suplicamos al doctor que intentara que el cirujano nos recibiera esa misma tarde. Se atravesaría el fin de semana y no podríamos con la angustia. Nos pidió que nos fuéramos a casa y él nos llamaría si lograba obtener una cita.

En el camino, sonó el teléfono, era él. El cirujano nos recibiría a las 7 de la noche en su consultorio. Faltaban tres horas, las más largas de mi vida. Llegamos al hospital nuevamente, nos presentamos con el doctor y se la llevó al cuarto de exploración. “Sí, es una ránula, un quiste sublingual que hay que operar ya, no porque sea algo grave, pero no está comiendo, ese llanto es de hambre. La cirugía dura aproximadamente una hora, es con anestesia general y muy sencilla. Está en buenas manos, no te preocupes”, me dijo.

No podía creer lo que escuchaba. ¿Una cirugía una bebé de una semana de nacida.. y con anestesia general? quizá él tenía razón y era un procedimiento sencillo, pero no hay mamá que vea cosas “sencillas” cuando se trata de sus hijos, sobre todo de salud.

La abracé con todas mis fuerzas y le dije al oído “te prometo que vas a estar bien, pero tienes que ser fuerte”. Se la pasé a Luis y él la llevó al laboratorio para que le hicieran los estudios preoperatorios. Primera angustia.

Al día siguiente, a las 8 de la mañana llegamos al hospital. La prepararon y la ingresaron al quirófano. Pasada una hora y media, aproximadamente, salió la enfermera para avisarnos que podíamos pasar por ella. Estaba tan frágil, envuelta en una sábana verde, una pulsera con su nombre en la mano y dos chupones para medir el ritmo cardíaco pegados en el pecho, rastro de la cirugía. Estaba dormida, aún bajo efecto de la anestesia. Se veía tan tranquila. Había salido victoriosa de su primera batalla.

A las horas logró tomar su primera mamila y más tarde, pecho. Más tardamos en celebrar su triunfo que en regresar al hospital.

Con el clima en nuestra contra y las nubes sobre nosotros, intentamos darle baños de sol sin suerte. Ni un rayo se colaba por la ventana. Pasaron dos días y su piel se tornó naranja. Aprovechando que estábamos en el hospital llenando unos formatos del seguro, mi mamá le pidió al pediatra que la checara. Efectivamente, estaba naranja. Le mandó a hacer unos análisis que arrojaron 24.7 de bilirrubina. Ordenó suspender la leche materna e intentar los baños de sol, pero el clima seguía igual, estábamos contra reloj, así que, esta vez fue Luis quien decidió pedir una segunda opinión. “Nos vemos en una hora en el hospital, tenemos que internarla”, le dijo el médico con el que habló.

Me pareció un poco drástico, así que nos comunicamos con mi papá, quien, como experto en temas de la cabeza, confirmó que a partir de 25, puede haber daños cerebrales.

En ese momento, nuestra angustia creció, teníamos que dejarla entre 24 y 48 horas, según su evolución, en cuidados especiales, donde, evidentemente, no se aceptaban papás. Aún así, decidimos hacer guardia en el hospital para poder verla, sólo 1 hora, en el horario de visitas.

Bam Bam se portó a la altura, a pesar de que estuvimos lejos de casa y entre uno y otro hospital, jamás nos reclamó. Parecía entender perfecto que en ese momento su hermana nos necesitaba a todos, cada uno apoyando en lo que le tocaba.

Por suerte, mi guerrera sacó las garras nuevamente y su sistema reaccionó mejor de lo esperado. A la mañana siguiente, los niveles estaban en 13 y nos podíamos ir a casa con ella.

Esa es la historia de la princesa más valiente. Una pequeña con sonrisa que cautiva, una mirada tierna e inocente. Mi sueño hecho realidad.

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Una respuesta to “La historia de una princesa valiente”

  1. Inphi 13 mayo, 2014 a 9:50 PM #

    Ejemplo de resistencia, entusiasmom y lucha desde las primerísimas horas de vida. Julia ya podría hacer un libro con esos dos lapsos difíciles en menos de dos semanas. Una princesa, una guerrera, un orgullo al doble.

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